Feb 14th 2008 03:03 am Daniel Hernández
Mi vocación es como esas aventuras que aparecen en oportunidades, te lanzas y te enganchas y, sin darte cuenta, las haces vida. Si Dios escribe en renglones torcidos, en mí, hace prodigios califgráficos en un gran garabato.
La llegada del ” reclutador” a La Robla, donde yo vivía, por traslado de mi familia, hizo que siete amigos de pueblo, escuela y correrías, decidiéramos: ¡Vamos a estudiar a los frailes!. Dicho y hecho. Los siete a Valladolid a los marianistas, que Dios sabrá quiénes serán esos curas.
Los estudios, los rezos, las largas liturgias de Semana Santa, la disciplina y la especial vida “en familia”, me iban cimentando la idea de Dios y, de una forma más llamativa, la idea de María. Fue como un “déjate llevar” y, allí, mi etapa de formación, aunque dura, fue feliz.
Mis primeros pasos de vida activa como “mariano”, chirriaron algo. Como que algo no iba bien. Le faltaba grasa a lo que emprendía.
Fue una etapa en la que, con buena voluntad, preparaba mi vida según creía que tenía que ser. Las clases, reuniones, vida en común, todo lo enfocaba según “mi ” idea de vida marianista. Pero al llegar a nuevas comunidades o realizar nuevas actividades, muchas veces resultaba que “mis” planes resultaban inútiles, pues la realidad era otra y eso me creaba inseguridad y un cosquilleo como de sentimiento de fracaso y un mucho de disconformidad.
Poco a poco, tropezón tras tropezón, la vida, Dios y, muy de veras, María, han hecho que mire menos en “mí” opinión, deseos y me deje llevar más por los consejos y, sobretodo, las necesidades y preocupaciones de los demás. Santo acierto. Tengo más paz, más faena, rezo mejor y, estoy seguro, que Dios y María escriben más “bonito” en este papel cada día más ” arrugao”.
Un abrazo,
Daniel
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